No poem

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Nombre: Ayelén Aranea
Lugar: Capital Federal, Argentina

argentina, 22 años

lunes, agosto 17, 2009

Encontrado (Junio 2008)

Hace mucho tiempo que nada tengo para decir. Es decir, hace mucho tiempo que no hablo pero desde hace tiempo que no estoy segura de lo que quiero decir.

No digo que sea un problema cerebral o mental. Sino que tal vez es una condición sináptica que me prohíbe o me imposibilita crear algo para decir con respecto a algo que estén diciendo o por ahí estoy fuera de esta realidad, por ahí leer tantos libros de ficción me hacen incapaz de vivir en un mundo como en el que vive la mayoría de las personas. ¿Estaré simplemente dormida, conviviendo con algún marido que tenga algún hermano y un amigo que me amen tanto como yo a ellos? ¿Será él mucho más grande que yo? Me conocerá de pequeña es decir de estatura baja porque no recuerdo creer en Papá Noel o en mi madre. Si se llamara Jacket podría jurarle al mundo que soy suya (de él) desde el momento en que le pregunté si yo tenía que casarme como mis primas. Si me llamara Beatriz y me apellidara Guido (y no estuviera revolcándome en mi tumba), podría tener, por lo menos, todo esto para decir. ¿Y si viviera con la muerte sentada a mi lado? Si pudiera desgarrarme en una poesía, desnuda, flaca pero creyéndome gorda o flaca y recordando mis años de gordura tomando pastillas (no). Si en lugar de una A tuviera una P, seria yo entonces más interesante ¿Tendría algo que comunicarle al mundo? ¿Importaría? ¿Le importaría a él, que en mi imaginación me mira a mí mirando una película de animales y se sonríe creyendo que yo sólo quiero vivir? ¿Tengo el derecho de ser así? ¿Puedo no entender el dolor por la probreza? Puedo, sí, entenderlo a través de un papel con letras que no fueron mías pero que inevitablemente lo tomo para mí? ¿Puedo fumar cigarrillos sin verme al espejo?

Y lo más importante y quizá la razón única de esta confesión ¿Puedo ser todo eso delante de él?

Yo soy la que influye en mí. Yo soy

Bess

Janina

Alejandra

Beatriz

Y no tengo tiempo para tener sexo porque tengo que estudiar y esto lo pienso mientras me toca un escritor, con mi permiso, como recompensa porque no pude recordar una palabra, en el asiento de un autobús en el medio del mar, en una iglesia con la boca tapada y un tajo en la espalda y medias de red.

Y si no soy eso qué soy y si yo sé lo que puedo decir por qué no lo digo porque no, Alejandra Bess Beatriz Janina. Porque todo lo que eres es inaceptable porque hiciste un pacto con tu soledad, (con tu mirada craneal) Nunca una mesa, nunca una coherencia y salís de acá y ¿qué hay? Mar, cansancio, insatisfacción y Soledad… Hola Soledad. Y la confianza herida.

miércoles, noviembre 07, 2007

el pez qué pez?

Lo único que realmente puedo hacer es mirarlo
Está tendido a mis pies y la única reacción posible elegida entre millares es la de mirarle la nuca con alguna cara parecida al amor.

- Amor…– le digo.
- Qué.
- Ah, no nada. Te quería contar que ayer vi a Susana, ¿Recordás?
- Sí, sí pero
- ¿Qué? No te entiendo si tenés la cabeza ahí
- (Se levanta) bueno, me levanto

Se levanta no sin esfuerzo y siempre mirando hacia el piso, apoya las manos llenas de sangre, luego las rodillas y sigue el camino ascendente hacía mi cara, no hacia mí. Me clava los ojos e intento, disimuladamente, sacarme el cuchillito que me dejó metido en cada pupila pero es inútil, está ahí, perforándome los ojos y el cráneo. Pienso que es muy desconsiderado de su parte lo que hizo, es decir, le estoy hablando y él me incrusta algo en la cara. Estoy a punto de decírselo, pero él me interrumpe.

- Euri, disculpame por esto que hice, fui un tarado, me desubiqué. Lo que pasa es que me pone loco todo esto, vos ahí y yo acá, siempre que estamos a punto de lograr algo, salís casi corriendo y pareciera que no me escucharas. Como cuando me fuiste a ver a la obra, ¿Recordás? Me abrazaste y yo sentí que el universo estaba ahí entre nosotros dos y pensé que por fin las cosas iban a salir como las planeábamos, y cuando iba a devolverte el saludo con todo el peso de mi dolor por amarte, miraste para otro lado y preguntaste no sé que cosa de las luces… Es verdad que las luces eran fantásticas, mi amor, pero era otra la situación y había una energía que vos rompiste como siempre… ¿Por qué no soportás las situaciones extremas? No es que te esté echando completamente la culpa, yo también me equivoqué y tal vez tendría que haberle dado más importancia al primer abrazo y no intentar remendar mi falta de atención con el segundo que quise darte pero me sorprendiste…como siempre, y yo no puedo vivir así, me fascina tu personalidad, pero no podés ser tan inestable, alguna seguridad me tenés que dar y si vine acá en este estado es para que te des cuenta de que estoy dispuesto a modificar mi alma entera por vos… Euri, no puedo escribir, me siento frente a la máquina y te recuerdo en ese sueño diciéndome que te ame, y me nombrándome como ese árbol… Euri… ¡Oh Euri!, ¿Recordás? Euri… ¡Euri!
- Qué.
- ¿Cómo “qué”?… pero… (se calma) ¿No escuchaste nada de lo que dije?
- Sí, cómo no voy a escuchar…
- Y pero, ¿No tenés nada que decir? Me abrí a vos… No fue magistral, lo sé, más bien parecía hecho por una escritora mediocre, pero…igual…Ayudame, Euri, no sé…no sé que hacer…
Su mirada baja hacia el piso buscando su Yo que sigue en la lucha. El cuchillito cae junto con sus ojos y siento el alivio del dolor que desaparece. Me siento injusta e incómoda y sonrío. Le sonrío a él y a su presencia. Él se confunde pero también sonríe y lo beso: en la boca, en la nariz, en el lagrimal del ojo, en las glándulas salivales, en el cuello y en las manos llenas de sangre. Me estampo en él y siento los latidos de un corazón demasiado humano, un corazón quebrado en dos y pegado con pegamento barato. No, partido en tres. No, en cuatro, en diez, en mil pedazos. Late a los manotazos, late una vez sí, una vez no, una sí una no.
“Se va a morir” pienso. “Este corazón le vino fallado”
- Te quiero… Pero te vas a morir.
Él ríe.
- No me voy a morir, Euri… ¿Por qué decís eso?
- Tu corazón… Sí, es inminente. Tenemos que hacer algo.
- (siempre riendo) bueno, si querés dame tu corazón…
Entonces recuerdo la conversación de Susana… No, de Susana no… Ah, ya está, recuerdo lo que él me dijo de la entrega, de detener las cosas antes de que lleguen a algún lugar desconocido. Y lo recuerdo largamente, durante horas, según creo yo. Hago un recuento de todo lo que soy y fui y lo que demostré ser.
Bum bum
Le toco la cara y le chupo las lágrimas.
Bum bum
Imagino el mundo sin él y sin su entrega, su desequilibrado sentir y su impulsiva manera de revolcarse por el mundo... Y después imagino el mundo sin todo lo que yo tengo que… que… ¿Qué? Y qué tengo le pregunto o me pregunto. Y me sigo preguntando en la autenticidad que nace y que ¿será la última? ¿O la primera? ¿O la única? ¿Y esto es? ¿Este dolor inconcebible, esto que me da ganas de vivir y de estrellarme contra este mundo que tanto miedo me da, que no entiendo y que es él y yo y él de nuevo? Y yo… por fatídica vez.

- Bueno… – digo – todo tuyo.

domingo, abril 23, 2006

Dadaí








sábado, marzo 11, 2006

Sin título

Solamente ella conocía el sentimiento de verlo sufrir
entonces,
y por única vez en su vida,
sonrió.

sábado, diciembre 10, 2005

De dos

Uno

Daiana miró a su alrededor por primera vez en dos días.
Observó cuatro esquinas que formaban cinco planos. En su frente y en sus laterales se erigía una inmensa pared blanca. Al explorarla, notó que en algunos puntos había sido violada cruelmente, se veían ladrillos podridos pidiendo auxilio.
Agudizó el oído y percibió con claridad voces aullando desesperadas en busca de atención. También habría visto a las damas del dolor aferrándose con uñas y dientes a lo que les quedaba si no hubiera bajado antes la mirada.
Su pelo, negro como ébano, le recorría todo el cuerpo. Entonces contó: Raíz, hombro, sogas, sogas, sogas, muslo. Se detuvo allí. En el izquierdo descubrió, con orgullo, el moretón más grande de todos los que tenía. Lo había adivinado con los ojos cerrados, concentrándose en la parte del cuerpo qué le dolía más. Intentó tocárselo con la nariz, pero las ataduras la mantuvieron en diámetro.
Volvió sobre su eje cuando advirtió que algo se le escurría por la entrepierna.
meditó
era menos que la vez anterior; menos que cuando el hombre la penetró.
La sangre goteó por la silla en la que se encontraba apresada y cayó al piso mugriento y húmedo.
- Qué asco – pensó.
- Qué asco – pensó, e intentó explicarle a la niña el motivo de su suciedad. Pero a ella le fue imposible escuchar, incluso si hubiera querido. Su Interés había perdido su característica abstracta y se había hecho material. Tenía una presencia tan corpórea que el muchacho que estaba de espaldas a Daiana lo vio. Lo ojeó muerto de miedo, sin saber qué hacer, planeando cómo salir corriendo, pero el Interés se posó sobre su nariz y le clavó la mirada en la suya.
Cristian se sintió morir. Se le hizo un nudo en la garganta, un sudor helado le recorrió la médula. Después, un temblor asesino se coló por sus dedos y llegó al corazón. Lo amasó con ternura, luego con maldad hasta casi hacerlo reventar. Cristian no soportó más, finalmente cincuenta lágrimas se desparramaron por su rostro. Fue un llanto silencioso, desbordado de timidez, pero la chiquilla lo sintió. Lo comprendió.

- Es impotencia -le dijo y giró su cabeza hacia el costado para mojarse con el calor del agua.
No logró verlo.
Hizo sus máximos esfuerzos, los músculos de su cuello se estiraron hasta el tope y más. Los más pequeños patalearon de angustia mas los grandes disfrutaron dolorosamente su tamaño. Uno de los diminutos fue el primero en abandonar y se soltó. Daiana aulló de dolor y se volvió hacia la pared violada. Lloró por la tortura y por la desesperación. Enojada, gritó su nombre, el de él, se mordió los labios y bebió el líquido que emanó de las heridas. Se mordisqueó el pelo con rabia ciega y escupió al suelo. Luego comenzó a sacudir el torso histéricamente.

Crack.

Riendo y adorándolo, sacó su mano quebrada de las sogas y la estiró hacia atrás, para él. Cristian no se dio cuenta y no la tocó.
Entonces, ella pateó el piso una y otra vez. La silla crujía cada vez que sus cuerpos se acercaban. Se esforzó tanto que los músculos de su pierna se quebraron en dos. Daiana pensó desesperada que ahora no sabría cuál moretón era el más grande.
En el último intento, perdió la sensibilidad de sus pies.
Presa del pánico por la posibilidad de morirse sin él, vomitó un líquido verde que se mezcló con la sangre de las heridas y las lágrimas.
- Sos el amor de mi vida -le dijo ella. Cristian se durmió instantáneamente.


Dos

Se despertó ahogado por la certidumbre del amor. La llamó por su nombre, primero en susurros y al no obtener respuesta le gritó.
Una
dos
tres
diez veces
y perdió la voz.
Se balanceó en su silla hasta que cayó de costado. Algo le perforó el brazo con el que había caído.
Giró la cabeza. Aún no podía verla.
Se arrastró con los pies por la habitación tosiendo de impaciencia y llegó hasta la niña, pero la vio dormida y creyó que fingía solamente para castigarlo. Le rogó durante una hora luchando contra su propia disfonía, le imploró perdón sin descanso, hasta que la verdad de la muerte la empalideció, la endureció y la apartó de su lado para siempre.

Esa última noche Cristian se soñó en ese mismo lugar. Yacía en la misma poltrona, frente a la que había ocupado Daiana. Contemplaba, con los brazos abiertos y la mirada impasible, esperando a su niña que no estaba ni volvería a estar jamás.
A la mañana siguiente, después de dos días de secuestro, el hombre que entró lo encontró muerto de amor, en posición fetal y temblando de desesperanza.

sábado, noviembre 05, 2005

Con y Sin





martes, octubre 11, 2005

Ingrato